CINCO HORAS, TRES MOMENTOS

“Avianca está en huelga. ¡Que viva Avianca!”, me dije este 22 de septiembre cuando tiré mis huesos cansados pero felices en el cómodo asiento de la Clase Business, en Lufthansa, de regreso a mi querida Berlín.
Y aquí comienzan las aclaraciones: primero, que lo de volar en Business no es un alarde; vamos, que no escribo esto para decir “¿vieron? Yo vuelo como los ricos, no voy en la panza del avión apretado en los incómodos asientos de la clase turista. Eso es para pobretes”, dándome aires de triunfador. Y segundo, que aunque en verdad estaba de parte de los pilotos que exigían a sus jefes un mejor salario, el hecho de que elogiara la huelga no respondía a mi usual posicionamiento contra las injusticias sociales.
Nada de eso. Viajé en Business porque la huelga de Avianca retrasó mi vuelo Medellín-Bogotá y perdí el avión de Lufthansa del día 21, razón por la cual me colocaron esa noche en el Hotel Capital, de Bogotá y me propusieron, a modo de premio de consolación, volar en Business en la noche del día siguiente. Y es que debo decir que los ingresos que percibo como periodista y escritor (es decir, como buscavidas, según las circunstancias del mundo actual) me permiten pocas veces darme ese lujo, algo que será muy fácil de entender para cualquiera que no sea millonario, sea el sostén principal de una familia (esposa y dos hijos adolescentes en mi caso), y además cargue con esa responsabilidad que asumimos casi todos los cubanos: mantener con nuestras remesas mensuales a nuestros seres queridos en Cuba.
Y estuve contentísimo, eufórico diríase, hasta el punto de lanzar a rodar por mi cerebro aquel “¡Viva Avianca!” mientras la nave de Lufthansa alzaba vuelo, sencillamente porque esa huelga me había permitido vivir cinco horas de intensa, cálida e inolvidable hermandad en esa Bogotá en la que, si no hubiera existido la huelga, habría permanecido apenas una hora y media, corriendo de una terminal a otra para tomar mi vuelo, en clase turista, a Frankfurt.

CINCO HORAS, PRIMER MOMENTO

Lilo Vilaplana es uno de los seres humanos más honestos, humildes y emprendedores que conozco. Me enorgullece tenerlo entre mis amigos, esos que, en un mundo tan jodido como el que vivimos, cada vez son menos. Y nótese que he hablado primero de sus valores como individuo, pues al menos a mí me gusta que mis amigos me quieran por cómo soy como persona y no por lo que soy profesionalmente.

Más que otra cosa, desde que hace un par de años coincidimos en internet en la causa común de defender de la injusticia a nuestro hermano, el escritor Ángel Santiesteban, llamó mi atención la firmeza de principios éticos de Lilo, la sensibilidad con la que se relaciona con Camilo y Camila (sus dos hijos), el amor que desborda hacia su esposa Irasema, la pasión con la que asume su vida y su profesión…, y sentí el placer de poderle decir “hermano” a ese ser humano especial (tan lleno de locuras como cualquier creador) que era, también, uno de los directores y guionistas más destacados del actual panorama de la televisión y el cine latinoamericanos.

Y aunque no es nada fuera de lo normal que un amigo te recoja en un país ajeno al tuyo, te lleve a comer a un buen sitio y te invite a su casa, lo cierto es que sobre nosotros anduvo flotando todo el tiempo ese espíritu de complicidad que sólo existe cuando el afecto es real, honesto, y todos los que nos encontramos ese día (Lilo, Ira, Mila, Ángel, Albertico Pujol, Bárbaro Marín – con quien sólo pude hablar por teléfono) supimos que vivíamos un momento único, ése instante en el cual la vida reúne en un mismo espacio a personas que han estado separadas y, sin embargo, unidas por lazos, sueños, aspiraciones y esperanzas de resonancias múltiples: en este caso, una isla anclada al centro del Caribe, su cultura, sus miserias y sus riquezas, sus tristezas y sus alegrías, sus luces y sus sombras.Lilo fue a buscarme al hotel junto a Irasema, su esposa (actriz, representante de artistas y manager-controladora de las locuras de Lilo, es decir, la compañera perfecta); me invitó a comer al restaurante “Fulanito”, regenteado por otro cubano emigrado, donde el trato familiar, la exquisitez de la comida colombiana y el cálido ambiente pueblerino me hacen recomendar ese sitio a todo el que visite Bogotá; y luego me llevó a su casa, un pequeño trozo de Cuba trasplantado por él allí como para recordarle a los dictadores que medran en nuestra querida isla que hay un país íntimo, nuestro, que no nos han podido ni nos podrán arrebatar: esa Cuba que Lilo conserva incluso en la forma de hablar, de gesticular, de reír.

CINCO HORAS, SEGUNDO MOMENTO

La muerte del gato es uno de los cortos más demoledores y más cubanos en la historia de la cinematografía cubana. No creo que se pueda decir tanto sobre el drama nacional de la isla en tan poco espacio, pues más allá de la anécdota misma (y que esta vez no cuento para no vender una historia que no ha sido aún estrenada) la representatividad psicológica de cada uno de los personajes es sencillamente esencia de esa animalia humana en que nos hemos convertido los cubanos en medio de esa crisis que ya va siendo eterna. Si a ello se suma el hecho de que la trama ocurre en 1989, justo horas después del fusilamiento del general Ochoa, las claves a desentrañar aumentan exponencialmente.

La muerte del gato es el primer cuento del libro Un cubano cuenta, de Lilo Vilaplana. Un libro que el propio Lilo sabe imperfecto: “yo lo veo más bien como pequeños guiones, como historias para guiones”, me dijo al entregarme un ejemplar. Y aunque lleva mucho de razón, es necesario decir que para cualquier escritor es ya un éxito (y Lilo debe sentirse satisfecho de ello) que en un libro integrado por nueve cuentos existan tres piezas de primer nivel literario como “La casa vacía”, “Gumara” y “Telenovela cubana”, cuentos de efectiva contundencia, bien narrados dramáticamente y con mensajes de una profunda cubanía.

Lilo, sé que temeroso, me mostró una obra aún inacabada: “hay que trabajarle los colores, la luz, montarle la banda sonora”, me dijo, y aunque yo desde el primer momento supe que vería el esqueleto de lo que será La muerte del gato, me sentí profundamente impactado por la calidad de las actuaciones (con un aplauso estruendoso para Albertico Pujol en las escenas finales), por la incisión certera del guión en la psicología de los personajes aprovechando el contrapunteo de lo trágico y lo cómico de cada uno, pero sobre todo por la multiplicidad de mensajes que se trasmiten en tan poco tiempo: algo que, con perdón de otros realizadores cubanos, le viene faltando mucho a nuestro cine y a nuestra televisión, donde cada vez más (salvo excepciones muy raras) se vienen imponiendo la tontería, la sexualidad por la sexualidad como gancho, las medias tintas críticas o la simulación y la falsedad. La muerte del gato es un corto contundente en lo crítico, divertido pero reflexivo. Hace pensar. Y los cubanos necesitamos pensar para entender las causas de nuestra desgracia.La atmósfera de asfixia marginal creada por Lilo en el corto La muerte del gato es reforzada por la excelente actuación de cuatro respetados actores cubanos: Albertico Pujol, Jorge Perugorría, Bárbaro Marín y Coralita Veloz. La tragicomedia que se esconde bajo la piel de los personajes que encarnan hará crecer el poderoso mensaje de la que, sólo en apariencia, es una más de las tantas humanísimas y desgarradoras historias que pueden ocurrir en un solar de Cuba.

CINCO HORAS, TERCER MOMENTO
O YO TAMBIÉN FUI FAN DEL TABO

Albertico Pujol no sabe que algunos personajes de mis novelas negras sobre la marginalidad en Centro Habana le deben mucho a su caracterización como “Tabo en La Habana”, el agente infiltrado por la policía en el hampa delincuencial habanera, en la serie “Su propia guerra”, uno de los espacios más vistos y hoy mejor recordados de la televisión cubana.

De modo que, a finales del 2005, cuando el periodista Armando León Viera (Mandy, el de Para Bailar, le decimos sus amigos) me comentó que “Albertico es uno de tus fans”, me sentí conectado, emocionado por los invisibles lazos intelectuales que me unían a un hombre a quien considero uno de los más grandes actores del cine y la televisión cubana (ahí está, para quienes tengan dudas, una larga lista de películas, series, telenovelas y personajes que permanecen en la mente de cientos de miles de cubanos en la isla y otras partes del mundo). Esa emoción se hizo mayor cuando el año pasado, en una llamada que entablamos Lilo desde Bogotá y yo desde Berlín, sentí que una voz conocida dijo: “¿con quién tú hablas? ¿Con Amir Valle? ¡Pásamelo!”, para luego confesarnos nuestra mutua admiración profesional, breve pero escandalosa y emotivamente, como suele suceder cuando dos cubanos hablan, y recuerdo que me impactó especialmente el hecho de cómo él se había convertido en el puente perfecto que conseguía mis libros en Colombia para algunos de mis lectores en la isla.Tampoco sabe que era una leyenda en mi barrio entre los “marginales”“ese la peló de verdad, a mí no me jode nadie”, me dijo Regino, uno de los delincuentes más conocidos en Colón, vecino mío y a quien compraba yo el tabaco de exportación (robustos Robaina y lanceros, básicamente) que luego revendía a algunos colegas extranjeros que no querían ser esquilmados por los estratosféricos e irracionales precios de las cajas de tabaco en las tiendas del Estado. Regino aseguraba que Albertico tenía que haber sido un delincuente en la vida real, porque, me aseguró, “los otros actores son muñecones, pero ése no, ese cabrón nos clava, te lo digo yo”, asombrado del modo tan natural en que Albertico representaba la psicología del delincuente. Era un fan del Tabo (no se perdía ni un capítulo) y lo único que lo fastidiaba “es que el consorte es fiana, está en el lado equivocado.  Tú deberías escribir algo donde no nos jodan, asere”.

Y confieso que el nacimiento de mi serie de novelas negras “El descenso a los infiernos”, integrada ya por seis novelas publicadas en todo el mundo, se debió a esa petición, a mis conversaciones con uno de los “alcaldes de la marginalidad en La Habana», mi querido amigo, el viejo Alex Varga, a quien convertí en personaje de mis novelas, y al hecho de haber comprobado que la inmensa mayoría de aquellos delincuentes cargaban esa cruz contra su voluntad (eran realmente víctimas sociales convertidas en victimarios por motivos mucho más complejos que los que solemos esgrimir quienes decimos, simplificando: “delinque sólo quien quiere delinquir”).

Tal vez por eso en Bogotá nuestro encuentro fue el de hermanos que se debían un largo abrazo. Y la conversación, otra vez breve, en la casa de dos nuevos amigos (Mila y Ángel, parte de la familia de Lilo y Albertico en Colombia), estuvo permeada por la cercanía humana, la complicidad en el ámbito de los sueños y la creación, y la seguridad de que habrá otros encuentros, allí en Colombia, acá en Alemania o allá en Cuba, ¿quién sabe?